Hay veces que ayudar a nuestros hijos sale casi sin pensarlo. Les vemos intentando hacer algo que les cuesta y terminamos haciéndolo por ellos. O tienen un problema en el cole y enseguida pensamos cómo solucionarlo. Incluso podemos adelantarnos a situaciones que todavía no han ocurrido por miedo a que lo pasen mal.
Es algo que aparece con frecuencia cuando hablamos con familias sobre sobreprotección en la crianza. Detrás suele haber una intención muy sencilla. Queremos cuidarles y evitarles dificultades siempre que esté en nuestra mano.
Pero a medida que crecen también necesitan hacer cosas por su cuenta, tomar pequeñas decisiones y comprobar que a veces se equivocan y no pasa nada. Y ahí empiezan muchas dudas: ¿Hasta dónde ayudo? ¿Debería dejar que lo intente aunque sé que puedo solucionarlo? ¿Estoy protegiendo o me estoy pasando?
Encontrar ese equilibrio lleva tiempo. Proteger forma parte de la crianza y seguirá siendo necesario durante muchos años. Lo que va cambiando es la forma de hacerlo y el espacio que dejamos para que desarrollen su propia autonomía.
Hablamos de sobreprotección en la crianza cuando la ayuda que damos termina sustituyendo capacidades que nuestros hijos ya tienen o están empezando a desarrollar. Puede ocurrir al vestirles cuando ya saben hacerlo, al responder por ellos, al solucionar un problema con un compañero o al evitar una actividad porque pensamos que quizá no sepan desenvolverse.
Muchas veces aparece por miedo. Cuesta ver que nuestros hijos se frustran, se equivocan o tienen que enfrentarse a algo que sabemos que les va a resultar difícil. También puede influir nuestra propia infancia y aquello que vivimos o echamos en falta durante esos años.
A esto se suma la presión que existe alrededor de la crianza. Hay consejos para prácticamente todo y es fácil terminar cuestionando decisiones que antes parecían sencillas. El deseo de hacerlo lo mejor posible puede llevarnos a estar pendientes de cada dificultad y a intervenir más de lo necesario.
En los últimos años se han popularizado términos como hiperpaternidad o paternidad helicóptero para hablar de estas formas de crianza. Más allá del nombre, lo útil es observar qué ocurre en casa. La sobreprotección es una forma de actuar que podemos ir modificando a medida que somos conscientes de ella.
La diferencia suele estar en algo bastante cotidiano. Podemos fijarnos en qué necesita realmente nuestro hijo o nuestra hija y qué parte estamos haciendo nosotros aunque podría empezar a hacerla por su cuenta.
Si todavía necesita ayuda para vestirse, acompañarle es lógico. Si ya sabe hacerlo, pero cada mañana terminamos haciéndolo para ir más rápido, le estamos quitando una pequeña oportunidad de practicar. Y seguramente alguna mañana tendremos que ayudar porque vamos tarde. El problema no está en hacerlo alguna vez, sino en que acabe convirtiéndose en lo habitual.
Lo mismo ocurre con otras situaciones del día a día. Hay algunas conductas que pueden hacernos pensar que quizá estamos interviniendo demasiado:
La autonomía infantil necesita práctica. Aprendemos a tomar decisiones tomándolas, igual que aprendemos a resolver dificultades cuando tenemos la oportunidad de enfrentarnos a ellas.
Cuando la sobreprotección en la crianza se mantiene en el tiempo, algunas de esas oportunidades pueden reducirse. Si siempre hay una persona adulta que se adelanta y resuelve, cuesta más descubrir qué recursos propios pueden utilizar cuando aparece un problema.
Una investigación dirigida por Nicole B. Perry y publicada en Developmental Psychology siguió a 422 menores durante ocho años. Los resultados encontraron una asociación entre un mayor control parental a los 2 años y más dificultades posteriores relacionadas con la regulación emocional y conductual.
La American Psychological Association recogió este estudio y señaló la importancia de permitir que durante la infancia se experimenten emociones y se desarrollen estrategias para manejarlas con el acompañamiento adecuado.
Esto tampoco significa que haya que retirarse cada vez que surge una dificultad. Habrá situaciones en las que necesiten nuestra ayuda y otras en las que bastará con estar cerca. Aprender a distinguir unas de otras permite que vayan ganando autonomía sin perder la seguridad de saber que pueden contar con nosotros.
Cambiar la sobreprotección en la crianza suele hacerse poco a poco. No hace falta transformar de golpe la forma de relacionarnos en casa. Podemos empezar identificando pequeñas situaciones en las que quizá estamos haciendo más de lo necesario.
Aprender implica que algunas cosas salgan regular. Puede olvidarse algo para el cole, derramarse un vaso de agua o quedar una camiseta bastante peor doblada de como la dejaríamos nosotros.
Cuando la situación es segura, podemos esperar y dejar que prueben. Si algo sale mal, habrá tiempo para pensar juntos qué pueden hacer la próxima vez. Resolverlo antes evita el error, pero también evita parte del aprendizaje.La autonomía se construye con pequeñas responsabilidades que van cambiando con la edad y las capacidades de cada menor.
Vestirse, preparar parte de la mochila, recoger después de jugar, pedir algo en una tienda o participar en algunas decisiones familiares son situaciones cotidianas en las que pueden ir haciendo más cosas por su cuenta.
Al principio necesitarán ayuda. Después quizá baste con recordarles qué tienen que hacer y llegará un momento en el que nuestra intervención dejará de ser necesaria.Una rabieta, un enfado o un «no puedo» despiertan fácilmente las ganas de intervenir. Sobre todo cuando sabemos exactamente qué tendrían que hacer para solucionar el problema.
Podemos reconocer que algo les está costando y permanecer cerca sin dar inmediatamente la respuesta. Un «prueba otra vez y, si necesitas ayuda, estoy aquí» puede ser suficiente en muchas ocasiones.
La tolerancia a la frustración también se aprende pasando por pequeñas frustraciones y descubriendo que podemos manejarlas.En consulta es habitual que algunas familias cuenten que intervienen antes incluso de haberse planteado si hacía falta. Para trabajar ese automatismo podemos introducir una pausa muy sencilla.
La próxima vez que veas que tu hijo o tu hija tiene una dificultad, espera diez segundos.
Durante ese tiempo observa qué hace. Puede que pruebe de otra manera, que busque una solución o que termine pidiendo ayuda. Si después de esos segundos sigue necesitando apoyo, puedes intervenir sin hacer necesariamente todo por él o por ella.
Por ejemplo, si no consigue completar una tarea, puedes darle una pista en lugar de resolverla. Si está intentando abrir algo, espera antes de hacerlo tú. Si tiene que explicar un problema, dale tiempo para encontrar sus propias palabras.
Es una pausa pequeña, pero ayuda a comprobar cuántas veces pueden continuar sin que tengamos que adelantarnos.También merece la pena mirar lo que nos ocurre a quienes criamos. En ocasiones ayudamos porque realmente hace falta y otras veces lo hacemos porque nos cuesta soportar lo que podría pasar si esperamos.
¿Qué es lo que te preocupa? Quizá que se frustre, que se equivoque, que alguien le diga que no o simplemente que lo pase mal durante un rato.
En consulta, explorar estas situaciones ayuda a muchas familias a diferenciar mejor cuándo sus hijos necesitan apoyo y cuándo es el propio miedo el que está pidiendo intervenir. Esa diferencia permite empezar a soltar en situaciones pequeñas y comprobar poco a poco qué son capaces de hacer.A veces sabemos perfectamente qué queremos cambiar, pero hacerlo en casa resulta bastante más difícil. Puede costar mantener un límite cuando aparece una rabieta, dejar que nuestros hijos se equivoquen o controlar el impulso de intervenir continuamente.
También puede ocurrir que en casa existan discusiones frecuentes alrededor de las normas o que quienes participan en la crianza tengan formas muy distintas de actuar ante una misma situación. En estos casos, contar con otra perspectiva puede ayudar a entender qué está ocurriendo y encontrar pautas que sean realistas para vuestra familia.
En Encabo Psicología contamos con un grupo de orientación para madres y padres en Córdoba donde trabajamos precisamente situaciones reales relacionadas con la crianza. Las sesiones son quincenales, duran dos horas y participan un máximo de diez personas con la guía de un psicólogo sanitario.
Trabajamos sobre casos que aparecen en casa, desde cómo poner límites hasta las rabietas o determinados comportamientos que están resultando difíciles de gestionar. La idea es entender qué está pasando y encontrar otras formas de responder que podáis aplicar en vuestro vida diaria.
Pedir ayuda con la crianza tampoco significa que lo estés haciendo mal. A veces significa simplemente reconocer que hay algo que te está costando y querer hacerlo de otra manera. Si quieres conocer cómo funciona el grupo o saber si puede encajar con vuestra situación, puedes escribirnos y preguntarnos sin compromiso.
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